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Del vapor al recuerdo: los trenes históricos que pasaron por Getafe y la región

Historia de los ferrocarriles de Madrid: del Madrid-Aranjuez de 1851, que cruzaba Getafe, al tren de Arganda y el eléctrico de Navacerrada.

Del vapor al recuerdo: los trenes históricos que pasaron por Getafe y la región

Mucho antes de que llegaran Cercanías y la alta velocidad, la Comunidad de Madrid se movía al compás de locomotoras de vapor y líneas de vía estrecha que unían la capital con huertas, canteras y enclaves de montaña. Algunas de aquellas líneas acabaron integradas en la red actual y otras solo dejaron estaciones, puentes y terraplenes. Y esta historia tiene un capítulo muy cercano para nosotros: el primer ferrocarril de la región pasó por Getafe.

1851: la línea pionera que cruzaba Getafe

El 9 de febrero de 1851 se inauguró el ferrocarril entre Madrid y Aranjuez, el segundo abierto al tráfico en la España peninsular después del Barcelona-Mataró y el primero de la actual Comunidad de Madrid. Sus casi 49 kilómetros atravesaban Getafe, Pinto, Valdemoro y Ciempozuelos antes de llegar al Real Sitio. Impulsada por el marqués de Salamanca, la ruta redujo a hora y media aproximadamente un trayecto que antes podía prolongarse seis o siete horas en diligencia.

Aquellos trenes no solo movían viajeros: trasladaban frutas y hortalizas de las fértiles vegas del Tajo, incluidas las fresas que se convirtieron en símbolo ferroviario de Aranjuez. La línea formaba parte de un proyecto mayor para enlazar Madrid con el Mediterráneo y en 1858 alcanzó Alicante. Su trazado histórico sigue formando parte hoy de la red madrileña, de modo que cada tren que pasa por Getafe cabalga en parte sobre aquel hito de mediados del siglo XIX.

El tren de Arganda, que pita más que anda

En 1886 comenzó a funcionar el ferrocarril de Arganda, una línea de vía estrecha que se extendió por el valle del Tajuña hasta Morata de Tajuña, Chinchón y Colmenar de Oreja, y más adelante más allá de los límites madrileños. Su lentitud le valió el célebre dicho de que pitaba más de lo que andaba, y también el sobrenombre de «Rompecepas»: según crónicas locales, los viajeros podían bajarse a recoger uvas junto a las vías y volver a coger el tren después. La piedra caliza de las canteras de Morata y Colmenar de Oreja viajó en sus vagones hasta la capital, con 1928 como uno de los años de mayor tráfico. El servicio de viajeros terminó en 1953 y el último tramo de mercancías resistió hasta 1999.

La línea del Almorox y el ferrocarril del Tajuña

Otra gran desaparecida fue la línea Madrid-Almorox, cuyo primer tramo abrió en 1891 entre la capital y Navalcarnero, alcanzando ese mismo año Villa del Prado. Partía de la estación de Goya, cerca del Puente de Segovia, y cruzaba Cuatro Vientos, Alcorcón, Móstoles, Villaviciosa de Odón, Navalcarnero y Villamanta. Tras la Guerra Civil llegó el declive: en 1965 se cerró el tramo Navalcarnero-Almorox y cinco años después el resto del servicio. Parte de su antiguo corredor se ha contemplado para itinerarios ciclistas y rutas de patrimonio ferroviario.

Por su parte, el ferrocarril del Tajuña nació de un tranvía de vapor de 1881 que transportaba calizas, cal y yeso entre Madrid y Vallecas. Cinco años después llegó a Arganda y continuó creciendo hacia el sureste, con un apeadero específico en Morata, Cornicabra, para cargar piedra caliza que se empleó incluso en obras como el Hospital de Maudes, diseñado por Antonio Palacios. El tráfico de viajeros desapareció a mediados del siglo XX, aunque algunos tramos industriales siguieron activos durante décadas.

El tren eléctrico de la sierra

Distinta fue la historia del ferrocarril eléctrico del Guadarrama, inaugurado el 12 de julio de 1923 entre Cercedilla y el Puerto de Navacerrada. De ancho métrico y fuertes pendientes, fue durante más de sesenta años la única línea de estas características explotada por Renfe, y en los años sesenta se prolongó hasta Cotos. Estuvo siempre ligado al excursionismo y a los deportes de invierno, y su corredor sobrevivió integrado en Cercanías como la histórica línea de montaña.

De los ferrobuses a la memoria del ferrocarril

En los años sesenta comenzaron a circular ferrobuses en los servicios regionales y de proximidad madrileños, dentro de la modernización de Renfe que anticipó la gran red de Cercanías que hoy conecta municipios como el nuestro con la capital. Aunque muchas líneas desaparecieron hace más de medio siglo, sus rastros siguen en el paisaje: terraplenes, túneles, apeaderos y estaciones en los trazados del Almorox y del Tajuña, y corredores convertidos en caminos para actividades recreativas. Una memoria industrial que también nos recuerda cómo Getafe se subió al tren casi desde el principio.